jueves, 31 de enero de 2013

El jardín de senderos que se bifurcan  


Jorge Luis Borges (1899–1986)
A Victoria Ocampo

         En la página 242 de la Historia de la Guerra Europea de Lidell Hart, se lee que una ofensiva de trece divisiones británicas (apoyadas por mil cuatrocientas piezas de artillería) contra la línea Serre-Montauban había sido planeada para el 24 de julio de 1916 y debió postergarse hasta la mañana del día 29. Las lluvias torrenciales (anota el capitán Lidell Hart) provocaron esa demora —nada significativa, por cierto. La siguiente declaración, dictada, releída y firmada por el doctor Yu Tsun, antiguo catedrático de inglés en la Hochschule de Tsingtao, arroja una insospechada luz sobre el caso. Faltan las dos páginas iniciales.
         “... y colgué el tubo. Inmediatamente después, reconocí la voz que había contestado en alemán. Era la del capitán Richard Madden. Madden, en el departamento de Viktor Runeberg, quería decir el fin de nuestros afanes y —pero eso parecía muy secundario, o debería parecérmelo— también de nuestras vidas. Quería decir que Runeberg había sido arrestado o asesinado[1]. Antes que declinara el sol de ese día, yo correría la misma suerte. Madden era implacable. Mejor dicho, estaba obligado a ser implacable. Irlandés a las órdenes de Inglaterra, hombre acusado de tibieza y tal vez de traición ¿cómo no iba abrazar y agradecer este milagroso favor: el descubrimiento, la captura, quizá la muerte de dos agentes del Imperio Alemán? Subí a mi cuarto; absurdamente cerré la puerta con llave y me tiré de espaldas en la estrecha cama de hierro. En la ventana estaban los tejados de siempre y el sol nublado de las seis. Me pareció increíble que es día sin premoniciones ni símbolos fuera el de mi muerte implacable. A pesar de mi padre muerto, a pesar de haber sido un niño en un simétrico jardín de Hai Feng ¿yo, ahora, iba a morir? Después reflexioné que todas las cosas le suceden a uno precisamente, precisamente ahora. Siglos de siglos y sólo en el presente ocurren los hechos; innumerables hombres en el aire, en la tierra y el mar, y todo lo que realmente me pasa me pasa a mí... El casi intolerable recuerdo del rostro acaballado de Madden abolió esas divagaciones. En mitad de mi odio y de mi terror (ahora no me importa hablar de terror: ahora que he burlado a Richard Madden, ahora que mi garganta anhela la cuerda) pensé que ese guerrero tumultuoso y sin duda feliz no sospechaba que yo poseía el Secreto. El nombre del preciso lugar del nuevo parque de artillería británico sobre el Ancre. Un pájaro rayó el cielo gris y ciegamente lo traduje en un aeroplano y a ese aeroplano en muchos (en el cielo francés) aniquilando el parque de artillería con bombas verticales. Si mi boca, antes que la deshiciera un balazo, pudiera gritar ese nombre de modo que los oyeran en Alemania... Mi voz humana era muy pobre. ¿Cómo hacerla llegar al oído del Jefe? Al oído de aquel hombre enfermo y odioso, que no sabía de Runeberg y de mí sino que estábamos en Staffordshire y que en vano esperaba noticias nuestras en su árida oficina de Berlín, examinando infinitamente periódicos... Dije en voz alta: Debo huir. Me incorporé sin ruido, en una inútil perfección de silencio, como si Madden ya estuviera acechándome. Algo -tal vez la mera ostentación de probar que mis recursos eran nulos—me hizo revisar mis bolsillos. Encontré lo que sabía que iba a encontrar. El reloj norteamericano, la cadena de níquel y la moneda cuadrangular, el llavero con las comprometedoras llaves inútiles del departamento de Runeberg, la libreta, un carta que resolví destruir inmediatamente (y que no destruí), el falso pasaporte, una corona, dos chelines y unos peniques, el lápiz rojo-azul, el pañuelo, el revólver con una bala. Absurdamente lo empuñé y sopesé para darme valor. Vagamente pensé que un pistoletazo puede oírse muy lejos. En diez minutos mi plan estaba maduro. La guía telefónica me dio el nombre de la única persona capaz de transmitir la noticia: vivía n un suburbio de Fenton, a menos de media hora de tren.
         Soy un hombre cobarde. Ahora lo digo, ahora que he llevado a término un plan que nadie no calificará de arriesgado. Yo sé que fue terrible su ejecución. No lo hice por Alemania, no. Nada me importa un país bárbaro, que me ha obligado a la abyección de ser un espía. Además, yo sé de un hombre de Inglaterra —un hombre modesto— que para mí no es menos que Goethe. Arriba de una hora no hablé con él, pero durante una hora fue Goethe... Lo hice, porque yo sentía que el Jefe tenía en poco a los de mi raza -a los innumerables antepasados que confluyen en mí. Yo quería probarle que un amarillo podía salvar a sus ejércitos. Además, yo debía huir del capitán. Sus manos y su voz podían golpear en cualquier momento a mi puerta. Me vestí sin ruido, me dije adiós en el espejo, bajé, escudriñé la calle tranquila y salí. La estación no distaba mucho de casa, pero juzgué preferible tomar un coche. Argüí que así corría menos peligro de ser reconocido; el hecho es que en la calle desierta me sentía visible y vulnerable, infinitamente. Recuerdo que le dije al cochero que se detuviera un poco antes de la entrada central. Bajé con lentitud voluntaria y casi penosa; iba a la aldea de Ashgove, pero saqué un pasaje para una estación más lejana. El tren salía dentro de muy pocos minutos, a las ocho y cincuenta. Me apresuré: el próximo saldría a las nueve y media. No había casi nadie en el andén. Recorrí los coches: recuerdo a unos labradores, una enlutada, un joven que leía con fervor los Anales de Tácito, un soldado herido y feliz. Los coches arrancaron al fin. Un hombre que reconocí corrió en vano hasta el límite del andén. Era el capitán Richard Madden. Aniquilado, trémulo, me encogí en la otra punta del sillón, lejos del temido cristal.
         De esa aniquilación pasé a una felicidad casi abyecta. Me dije que estaba empeñado mi duelo y que yo había ganado el primer asalto, al burlar, siquiera por cuarenta minutos, siquiera por un favor del azar, el ataque de mi adversario. Argüi que no era mínima, ya que sin esa diferencia preciosa que el horario de trenes me deparaba, yo estaría en la cárcel, o muerto. Argüí (no menos sofísticamente) que mi felicidad cobarde probaba que yo era hombre capaz de llevar a buen término la aventura. De esa debilidad saqué fuerzas que no me abandonaron. Preveo que el hombre se resignaría cada día a empresas más atroces; pronto no habrá sino guerreros y bandoleros; les doy este consejo: El ejecutor de una empresa atroz debe imaginar que ya la ha cumplido, debe imponerse un porvenir que sea irrevocable como el pasado. Así procedí yo, mientras mis ojos de hombre ya muerto registraban la fluencia de aquel día que era tal vez el último, y la difusión de la noche. El tren corría con dulzura, entre fresnos. Se detuvo, casi en medio del campo. Nadie gritó el nombre de la estación. ¿Ashgrove? les pregunté a unos chicos en el andén. Ashgrove, contestaron. Bajé.
         Una lámpara ilustraba el andén, pero las caras de los niños quedaban en la zona de la sombra. Uno me interrogó: ¿Usted va a casa del doctor Stephen Albert?. Sin aguardar contestación, otro dijo: La case queda lejos de aquí, pero usted no se perderá si toma ese camino a la izquierda y en cada encrucijada del camino dobla a la izquierda. Les arrojé una moneda (la última), bajé unos escalones de piedra y entré en el solitario camino. Éste, lentamente, bajaba. Era de tierra elemental, arriba se confundían las ramas, la luna baja y circular parecía acompañarme. Por un instante, pensé que Richard Madden había penetrado de algún modo mi desesperado propósito. Muy pronto comprendí que eso era imposible. El consejo de siempre doblar a la izquierda me recordó que tal era el procedimiento común para descubrir el patio central de ciertos laberintos. Algo entiendo de laberintos: no en vano soy bisnieto de aquel Ts'ui Pên, que fue gobernador de Yunnan y que renunció al poder temporal para escribir una novela que fuera todavía más populosa que el Hung Lu Meng y para edificar un laberinto en el que se perdieran todos los hombres. Trece años dedicó a esas heterogéneas fatigas, pero la mano de un forastero lo asesinó y su novela era insensata y nadie encontró el laberinto. Bajo árboles ingleses medité en ese laberinto perdido: lo imaginé inviolado y perfecto en la cumbre secreta de una montaña, lo imaginé borrado por arrozales o debajo del agua, lo imaginé infinito, no ya de quioscos ochavados y de sendas que vuelven, sino de ríos y provincias y reinos... Pensé en un laberinto de laberintos, en un sinuoso laberinto creciente que abarcara el pasado y el porvenir y que implicara de algún modo los astros. Absorto en esas ilusorias imágenes , olvidé mi destino de perseguido. Me sentí, por un tiempo indeterminado, percibidor abstracto del mundo. El vago y vivo campo, la luna, los restos de la tarde, obraron en mí; asimismo el declive que eliminaba cualquier posibilidad de cansancio. La tarde era íntima, infinita.El camino bajaba y se bifurcaba, entre las ya confusas praderas. Una música aguda y como silábica se aproximaba y se alejaba en el vaivén del viento, empañada de hojas y de distancia. Pensé que un hombre puede ser enemigo de otros hombres, de otros momentos de otros hombres, pero no de un país: no de luciérnagas, palabras, jardines,cursos de agua, ponientes. Llegué, así, a un alto portín herrumbrado. Entre las rejas descifré una alameda y una especie de pabellón. Comprendí, de pronto, dos cosas, la primera trivial, la segunda casi increíble: la música venía del pabellón, la música era china. Por eso, yo la había aceptado con plenitud, sin prestarle atención. No recuerdo si había una campana o un timbre o si llamé golpeando las manos. El chisporroteo de la música prosiguió.
         Pero del fondo de la íntima casa un farol se acercaba: un farol que rayaban y a ratos anulaban los troncos, un farol de papel, que tenía la forma de los tambores y el color de la luna. Lo traía un hombre alto. No vi su rostro, porque me cegaba la luz. Abrió el portón y dijo lentamente en mi idioma:
         —Veo que el piadoso Hsi P'êng se empeña en corregir mi soledad. ¿Usted sin duda querrá ver el jardín?
         Reconocí el nombre de uno e nuestros cónsules y repetí desconcertado:
         —¿El jardín?
         —El jardín de los senderos que se bifurcan-
         Algo se agitó en mi recuerdo y pronuncié con incomprensible seguridad:
         —El jardín de mi antepasado Ts'ui Pên.
         —¿Su antepasado? ¿Su ilustre antepasado? Adelante.
         El húmedo sendero zigzagueaba como los de mi infancia. Llegamos a una biblioteca de libros orientales y occidentales. Reconocí, encuadernados en seda amarilla, algunos tomos manuscritos de la Enciclopedia Perdida que dirigió el Tercer Emperador de la Dinastía Luminosa y que no se dio nunca a la imprenta. El disco del gramófono giraba junto a un fénix de bronce. Recuerdo también un jarrón de la familia rosa y otro, anterior de muchos siglos, de ese color azul que nuestros antepasados copiaron de los alfareros de Persia...
         Stephen Albert me observaba, sonriente. Era (ya lo dije) muy alto, de rasgos afilados, de ojos grises y barba gris. Algo de sacerdote había en él y también de marino; después me refirió que había sido misionero en Tientsin “antes de aspirar a sinólogo”.
         Nos sentamos; yo en un largo y bajo diván; él de espaldas a la ventana y a un alto reloj circular. Computé que antes de una hora no llegaría mi perseguidor, Richard Madden. Mi determinación irrevocable podía esperar.
         —Asombroso destino el de Ts'ui Pên —dijo Stephen Albert—. Gobernador de su provincia natal, docto en astronomía, en astrología y en la interpretación infatigable de los libros canónicos, ajedrecista, famoso poeta y calígrafo: todo lo abandonó para componer un libro y un laberinto. Renunció a los placeres de la opresión, de la justicia, del numeroso lecho, de los banquetes y aun de la erudición y se enclaustró durante trece años en el Pabellón de la Límpida Soledad. A su muerte, los herederos no encontraron sino manuscritos caóticos. La familia, como acaso no ignora, quiso adjudicarlos al fuego; pero su albacea —un monje taoísta o budista— insistió en la publicación.
         —Los de la sangre de Ts'ui Pên -repliqué— seguimos execrando a ese moje. Esa publicación fue insensata. El libro es un acervo indeciso de borradores contradictorio. Lo he examinado alguna vez: en el tercer capítulo muere el héroe, en el cuarto está vivo. En cuanto a la otra empresa de Ts'ui Pên, a su Laberinto...
         —Aquí está el Laberinto -dijo indicándome un alto escritorio laqueado.
         —¡Un laberinto de marfil! -exclamé-. Un laberinto mínimo...
         —Un laberinto de símbolos -corrigió-. Un invisible laberinto de tiempo. A mí, bárbaro inglés, me ha sido deparado revelar ese misterio diáfano. Al cabo de más de cien años, los pormenores son irrecuperables, pero no es difícil conjeturar lo que sucedió. Ts'ui Pên diría una vez: Me retiro a escribir un libro. Y otra: Me retiro a construir un laberinto. Todos imaginaron dos obras; nadie pensó que libro y laberinto eran un solo objeto. El Pabellón de la Límpida Soledad se erguía en el centro de un jardín tal vez intrincado; el hecho puede haber sugerido a los hombres un laberinto físico. Ts'ui Pên murió; nadie, en las dilatadas tierras que fueron suyas, dio con el laberinto. Dos circunstancias me dieron la recta solución del problema. Una: la curiosa leyenda de que Ts'ui Pên se había propuesto un laberinto que fuera estrictamente infinito. Otra: un fragmento de una carta que descubrí.
         Albert se levantó. Me dio, por unos instantes, la espalda; abrió un cajón del áureo y renegrido escritorio. Volvió con un papel antes carmesí; ahora rosado y tenue y cuadriculado. Era justo el renombre caligráfico de Ts'ui Pên. Leí con incomprensión y fervor estas palabras que con minucioso pincel redactó un hombre de mi sangre: Dejo a los varios porvenires (no a todos) mi jardín de senderos que se bifurcan. Devolví en silencio la hoja. Albert prosiguió:
         —Antes de exhumar esta carta, yo me había preguntado de qué manera un libro puede ser infinito. No conjeturé otro procedimiento que el de un volumen cíclico, circular. Un volumen cuya última página fuera idéntica a la primera, con posibilidad de continuar indefinidamente. Recordé también esa noche que está en el centro de Las 1001 Noches, cuando la reina Shahrazad (por una mágica distracción del copista) se pone a referir textualmente la historia de Las 1001 Noches, con riesgo de llegar otra vez a la noche en que la refiere, y así hasta lo infinito. Imaginé también una obra platónica, hereditaria, transmitida de padre a hijo, en la que cada nuevo individuo agregara un capítulo o corrigiera con piadoso cuidado la página de sus mayores. Esas conjeturas me distrajeron; pero ninguna me parecía corresponder, siquiera de un modo remoto, a los contradictorios capítulos de Tsúi Pên. En esa perplejidad, me remitieron de Oxford el manuscrito que usted ha examinado.Me detuve, como es natural, en la frase: Dejo a los varios porvenires (no a todos) mi jardín de senderos que se bifurcan. Casi en el acto comprendí; el jardín de los senderos que se bifurcan era la novela caótica; la frase varios porvenires (no a todos) me sugirió la imagen de la bifurcación en el tiempo, no en el espacio. La relectura general de la obra confirmó esa teoría. En todas las ficciones, cada vez que un hombre se enfrenta con diversas alternativas, opta por una y elimina las otras; en la del casi inextricable Ts'ui Pên, opta —simultáneamente— por todas. Crea, así, diversos porvenires, diversos tiempos, que también, proliferan y se bifurcan. De ahí las contradicciones de la novela. Fang, digamos, tiene un secreto; un desconocido llama a su puerta; Fang resuelve matarlo. Naturalmente, hay varios desenlaces posibles: Fang puede matar al intruso, el intruso puede matar a Fang, ambos pueden salvarse, ambos pueden morir, etcétera. En la obra de Ts'ui Pên, todos los desenlaces ocurren; cada uno es el punto de partida de otras bifurcaciones.Alguna vez, los senderos de ese laberinto convergen; por ejemplo, usted llega a esta casa, pero en uno de los pasados posibles usted es mi enemigo, en otro mi amigo. Si se resigna usted a mi pronunciación incurable, leeremos unas páginas.
         Su rostro, en el vívido círculo de la lámpara, era sin duda el de un anciano, pero con algo inquebrantable y aun inmortal. Leyó con lenta precisión dos redacciones de un mismo capítulo épico. En la primera un ejército marcha hacia una batalla a través de una montaña desierta; el horror de las piedras y de la sombra le hace menospreciar la vida y logra con facilidad la victoria; en la segunda, el mismo ejército atraviesa un palacio en el que hay una fiesta; la resplandeciente batalla le parece una continuación de la fiesta y logran la victoria. Yo oía con decente veneración esas viejas ficciones, acaso menos admirables que el hecho de que las hubiera ideado mi sangre y de que un hombre de un imperio remoto me las restituyera, en el curso de un desesperada aventura, en una isla occidental. Recuerdo las palabras finales, repetidas en cada redacción como un mandamiento secreto: Así combatieron los héroes, tranquilo el admirable corazón, violenta la espada, resignados a matar y morir.
         Desde ese instante, sentí a mi alrededor y en mi oscuro cuerpo una invisible, intangible pululación. No la pululación de los divergentes, paralelos y finalmente coalescentes ejércitos, sino una agitación más inaccesible, más íntima y que ellos de algún modo prefiguraban. Stephen Albert prosiguió:
         — No creo que su ilustre antepasado jugara ociosamente a las variaciones. No juzgo verosímil que sacrificara trece años a la infinita ejecución de un experimento retórico. En su país, la novela es un género subalterno; en aquel tiempo era un género despreciable. Ts'ui Pên fue un novelista genial, pero también fue un hombre de letras que sin duda no se consideró un mero novelista. El testimonio de sus contemporáneos proclama —y harto lo confirma su vida— sus aficiones metafísicas, místicas. La controversia filosófica usurpa buena parte de su novela. Sé que de todos los problemas, ninguno lo inquietó y lo trabajó como el abismal problema del tiempo. Ahora bien, ése es el único problema que no figura en las páginas del Jardín. Ni siquiera usa la palabra que quiere decir tiempo. ¿Cómo se explica usted esa voluntaria omisión?
         Propuse varias soluciones; todas, insuficientes. Las discutimos; al fin, Stephen Albert me dijo:
         —En una adivinanza cuyo tema es el ajedrez ¿cuál es la única palabra prohibida?
               Reflexioné un momento y repuse:
         —La palabra ajedrez.
         —Precisamente -dijo Albert-, El jardín de los senderos que se bifurcan es una enorme adivinanza, o parábola, cuyo tema es el espacio; esa causa recóndita le prohíbe la mención de su nombre. Omitir siempre una palabra, recurrir a metáforas ineptas y a perífrasis evidentes, es quizá el modo más enfático de indicarla. Es el modo tortuoso que prefirió, en cada uno de los meandros de su infatigable novela, el oblicuo Ts'ui Pên. He confrontado centenares de manuscritos, he corregido los errores que la negligencia de los copistas ha introducido, he conjeturado el plan de ese caos, he restablecido, he creído restablecer, el orden primordial, he traducido la obra entera: me consta que no emplea una sola vez la palabra tiempo. La explicación es obvia:El jardín de los senderos que se bifurcan es una imagen incompleta, pero no falsa, del universo tal como lo concebía Ts'ui Pên. A diferencia de Newton y de Schopenhauer, su antepasado no creía en un tiempo uniforme, absoluto. Creía en infinitas series de tiempos, en una red creciente y vertiginosa de tiempos divergentes, convergentes y paralelos. Esa trama de tiempos que se aproximan, se bifurcan, se cortan o que secularmente se ignoran, abarca todas las posibilidades. No existimos en la mayoría de esos tiempos; en algunos existe usted y no yo; en otros, yo, no usted; en otros, los dos. En éste, que un favorable azar me depara, usted ha llegado a mi casa; en otro, usted, al atravesar el jardín, me ha encontrado muerto; en otro, yo digo estas mismas palabras, pero soy un error, un fantasma.
         —En todos —articulé no sin un temblor— yo agradezco y venero su recreación del jardín de Ts'ui Pên.
         —No en todos -murmuró con una sonrisa-. El tiempo se bifurca perpetuamente hacia innumerables futuros. En uno de ellos soy su enemigo.
         Volví a sentir esa pululación de que hablé. Me pareció que el húmedo jardín que rodeaba la casa estaba saturado hasta lo infinito de invisibles personas. Esas personas eran Albert y yo, secretos, atareados y multiformes en otras dimensiones de tiempo. Alcé los ojos y la tenue pesadilla se disipó. En el amarillo y negro jardín había un solo hombre; pero ese hombre era fuerte como una estatua, pero ese hombre avanzaba por el sendero y era el capitán Richard Madden.
         —El porvenir ya existe —respondí—, pero yo soy su amigo. ¿Puedo examinar de nuevo la carta?
         Albert se levantó. Alto, abrió el cajón del alto escritorio; me dio por un momento la espalda. Yo había preparado el revólver. Disparé con sumo cuidado: Albert se desplomó sin una queja, inmediatamente. Yo juro que su muerte fue instantánea: una fulminación.
         Lo demás es irreal, insignificante. Madden irrumpió, me arrestó. He sido condenado a la horca. Abominablemente he vencido: he comunicado a Berlín el secreto nombre de la ciudad que deben atacar. Ayer la bombardearon; lo leí en los mismos periódicos que propusieron a Inglaterra el enigma de que el sabio sinólogo Stephen Albert muriera asesinado por un desconocido, Yu Tsun. El Jefe ha descifrado ese enigma. Sabe que mi problema era indicar (a través del estrépito de la guerra) la ciudad que se llama Albert y que no hallé otro medio que matar a una persona con ese nombre. No sabe (nadie puede saber) mi innumerable contrición y cansancio.



[1] Hipótesis odiosa y estrafalaria. El espía prusiano Hans Rabener alias Viktor Runeberg agredió con una pistola automática al portador de la orden de arrestro, capitán Richard Madden. Éste, en defensa propia, le causó heridas que determinaron su muerte. (Nota del Editor.)

[1941 - 1944]


* Buenos Aires, Argentina. 24 de agosto de 1899.
+ Ginebra, Suiza. 14 de junio de 1986.

viernes, 25 de enero de 2013

Alexis, o el tratado del inútil combate.
[Alexis ou le Traité du vain combat]

Marguerite Yourcenar (1903 - 1987)




Y ahora, te digo adiós. Pienso con infinita dulzura en tu bondad femenina, más bien maternal: te dejo con pena, pero envidio a tu hijo. Eras el único ser ante quien yo me sentía culpable, pero el escribir mi vida me confirma a mí mismo; termino por compadecerte sin condenarme con severidad. Te he traicionado, pero no he querido engañarte. Eres de las que escogen siempre, por deber, el camino más estrecho y más difícil; no quiero, implorando tu compasión, darte un pretexto para sacrificarte más. No sabiendo vivir según la moral ordinaria, trato, por lo menos, de estar de acuerdo con la mía. Es en el momento en que uno rechaza todos los principios cuando conviene proveerse de escrúpulos. Había contraído contigo compromisos imprudentes y la vida se encargó de protestar: te pido perdón, lo más humildemente posible, no por dejarte, sino por haberme quedado tanto tiempo. 



[1928 - 1929] 


* Bruselas, Bélgica. 8 de junio de 1903.
+ Mount Desert Island, Maine, Estados Unidos. 17 de diciembre de 1987.


martes, 15 de enero de 2013

Tus manos y la mentira.

Nazim Hikmet (1901 - 1963) 

Graves como las piedras,
Tristes como canciones de presidio,
Pesadas y macizas como bestias de carga,
Tus manos se parecen
al rostro endurecido
de los niños hambrientos.

Ágiles, laboriosas como abejas,
Pródigas como ubres desbordantes de leche,
Intrépidas lo mismo que la naturaleza,
Bajo su dura piel, tus manos guardan
la amistad y el afecto.

No está nuestro planeta sostenido
por los cuernos de un buey:
Tus manos lo sostienen...

¡Qué hombres, nuestros hombres!
Los mantienen a fuerza de mentiras,
Siendo que andan hambrientos,
Faltos de carne y pan,
Y dejan este mundo, al que cargan de frutos,
Sin poder verlos en la mesa propia
ni siquiera una vez.

¡Qué hombres, nuestros hombres!
Sobre todo los de Asia, los de África,
del medio Oriente, del Cercano Oriente,
los de las tantas islas del Pacífico
y los de mi país,
es decir, mucho más del setenta por ciento
de los hombres del mundo:
Están adormecidos, están viejos,
Siendo listos y jóvenes como lo son sus manos...

¡Qué hombres, nuestros hombres!
Ustedes, mis hermanos de América o Europa,
Tan alertas y audaces,
A quienes, sin embargo, los aturden
lo mismo que a sus manos,
Y les mienten,
y los hacen marchar...

¡Qué hombres, nuestros hombres!
Si mienten las antenas de las radios,
Si mienten las enormes rotativas,
Si miente el libro y mienten los afiches,
Si mienten los anuncios de los diarios,
Si mienten las desnudas piernas de las muchachas
en el teatro y en el cine,
Si hasta mienten las canciones de cuna,
si miente el sueño, si el pecado miente,
si miente el violinista de la boite,
Si miente el plenilunio
en las noches sin ninguna esperanza,
Si mienten la palabra,
el color y la voz,
Si miente el que te explota,
El que explota tus manos,
Si todo el mundo y todas, todas las cosas mienten,
a excepción de tus manos,
Es para que tus manos siempre sean
dóciles como arcilla,
ciegas como la noche,
idiotas como el perro del pastor,
Y para que jamás se subleven tus manos

Y para que no acabe jamás tanta injusticia
-Ideal del traficante-
Sobre este mundo nuestro,
este mundo mortal
Donde poder vivir
sería lo mejor. 


Nazim Hikmet 
*  Salónica, Imperio Otomano. 20 de noviembre de 1901
+ Moscú, Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. 3 de junio de 1963.

lunes, 14 de enero de 2013

Emma Zunz.   

Jorge Luis Borges (1899 - 1986)





El catorce de enero de 1922, Emma Zunz, al volver de la fábrica de tejidos Tarbuch y Loewenthal, halló en el fondo del zaguán una carta, fechada en el Brasil, por la que supo que su padre había muerto. La engañaron, a primera vista, el sello y el sobre; luego, la inquietó la letra desconocida. Nueve diez líneas borroneadas querían colmar la hoja; Emma leyó que el señor Maier había ingerido por error una fuerte dosis de veronal y había fallecido el tres del corriente en el hospital de Bagé. Un compañero de pensión de su padre firmaba la noticia, un tal Feino Fain, de Río Grande, que no podía saber que se dirigía a la hija del muerto.
Emma dejó caer el papel. Su primera impresión fue de malestar en el vientre y en las rodillas; luego de ciega culpa, de irrealidad, de frío, de temor; luego, quiso ya estar en el día siguiente. Acto contínuo comprendió que esa voluntad era inútil porque la muerte de su padre era lo único que había sucedido en el mundo, y seguiría sucediendo sin fin. Recogió el papel y se fue asucuarto. Furtivamente lo guardó en un cajón, como si de algún modo ya conociera los hechos ulteriores. Ya había empezado a vislumbrarlos, tal vez; ya era la que sería.
En la creciente oscuridad, Emma lloró hasta el fin de aquel día del suicidio de Manuel Maier, que en los antiguos días felices fue Emanuel Zunz. Recordó veraneos en una chacra, cerca de Gualeguay, recordó (trató de recordar) a su madre, recordó la casita de Lanús que les remataron, recordó los amarillos losanges de una ventana, recordó el auto de prisión, el oprobio, recordó los anónimos con el suelto sobre «el desfalco del cajero», recordó (pero eso jamás lo olvidaba) que su padre, la última noche, le había jurado que el ladrón era Loewenthal. Loewenthal, Aarón Loewenthal, antes gerente de la fábrica y ahora uno de los dueños. Emma, desde 1916, guardaba el secreto. A nadie se lo había revelado, ni siquiera a su mejor amiga, Elsa Urstein. Quizá rehuía la profana incredulidad; quizá creía que el secreto era un vínculo entre ella y el ausente. Loewenthal no sabía que ella sabía; Emma Zunz derivaba de ese hecho ínfimo un sentimiento de poder.
No durmió aquella noche, y cuando la primera luz definió el rectángulo de la ventana, ya estaba perfecto su plan. Procuró que ese día, que le pareció interminable, fuera como los otros. Había en la fábrica rumores de huelga; Emma se declaró, como siempre, contra toda violencia. A las seis, concluido el trabajo, fue con Elsa a un club de mujeres, que tiene gimnasio y pileta. Se inscribieron; tuvo que repetir y deletrear su nombre y su apellido, tuvo que festejar las bromas vulgares que comentan la revisación. Con Elsa y con la menor de las Kronfuss discutió a qué cinematógrafo irían el domingo a la tarde. Luego, se habló de novios y nadie esperó que Emma hablara. En abril cumpliría diecinueve años, pero los hombres le inspiraban, aún, un temor casi patológico... De vuelta, preparó una sopa de tapioca y unas legumbres, comió temprano, se acostó y se obligó a dormir. Así, laborioso y trivial, pasó el viernes quince, la víspera.
El sábado, la impaciencia la despertó. La impaciencia, no la inquietud, y el singular alivio de estar en aquel día, por fin. Ya no tenía que tramar y que imaginar; dentro de algunas horas alcanzaría la simplicidad de los hechos. Leyó en La Prensa que el Nordstjärnan, de Malmö, zarparía esa noche del dique 3; llamó por teléfono a Loewenthal, insinuó que deseaba comunicar, sin que lo supieran las otras, algo sobre la huelga y prometió pasar por el escritorio, al oscurecer. Le temblaba la voz; el temblor convenía a una delatora. Ningún otro hecho memorable ocurrió esa mañana. Emma trabajó hasta las doce y fijó con Elsa y con Perla Kronfuss los pormenores del paseo del domingo. Se acostó después de almorzar y recapituló, cerrados los ojos, el plan que había tramado. Pensó que la etapa final sería menos horrible que la primera y que le depararía, sin duda, el sabor de la victoria y de la justicia. De pronto, alarmada, se levantó y corrió al cajón de la cómoda. Lo abrió; debajo del retrato de Milton Sills, donde la había dejado la antenoche, estaba la carta de Fain. Nadie podía haberla visto; la empezó a leer y la rompió.
Referir con alguna realidad los hechos de esa tarde sería difícil y quizá improcedente. Un atributo de lo infernal es la irrealidad, un atributo que parece mitigar sus terrores y que los agrava tal vez. ¿Cómo hacer verosímil una acción en la que casi no creyó quien la ejecutaba, cómo recuperar ese breve caos que hoy la memoria de Emma Zunz repudia y confunde? Emma vivía por Almagro, en la calle Liniers; nos consta que esa tarde fue al puerto. Acaso en el infame Paseo de Julio se vio multiplicada en espejos, publicada por luces y desnudada por los ojos hambrientos, pero más razonable es conjeturar que al principio erró, inadvertida, por la indiferente recova... Entró en dos o tres bares, vio la rutina o los manejos de otras mujeres. Dio al fin con hombres del Nordstjärnan. De uno, muy joven, temió que le inspirara alguna ternura y optó por otro, quizá más bajo que ella y grosero, para que la pureza del horror no fuera mitigada. El hombre la condujo a una puerta y después a un turbio zaguán y después a una escalera tortuosa y después a un vestíbulo (en el que había una vidriera con losanges idénticos a los de la casa en Lanús) y después a un pasillo y después a una puerta que se cerró. Los hechos graves están fuera del tiempo, ya porque en ellos el pasado inmediato queda como tronchado del porvenir, ya porque no parecen consecutivas las partes que los forman.
¿En aquel tiempo fuera del tiempo, en aquel desorden perplejo de sensaciones inconexas y atroces, pensó Emma Zunz una sola vez en el muerto que motivaba el sacrificio? Yo tengo para mí que pensó una vez y que en ese momento peligró su desesperado propósito. Pensó (no pudo no pensar) que su padre le había hecho a su madre la cosa horrible que a ella ahora le hacían. Lo pensó con débil asombro y se refugió, en seguida, en el vértigo. El hombre, sueco o finlandés, no hablaba español; fue una herramienta para Emma como ésta lo fue para él, pero ella sirvió para el goce y él para la justicia. Cuando se quedó sola, Emma no abrió en seguida los ojos. En la mesa de luz estaba el dinero que había dejado el hombre: Emma se incorporó y lo rompió como antes había roto la carta. Romper dinero es una impiedad, como tirar el pan; Emma se arrepintió, apenas lo hizo. Un acto de soberbia y en aquel día... El temor se perdió en la tristeza de su cuerpo, en el asco. El asco y la tristeza la encadenaban, pero Emma lentamente se levantó y procedió a vestirse. En el cuarto no quedaban colores vivos; el último crepúsculo se agravaba. Emma pudo salir sin que lo advirtieran; en la esquina subió a un Lacroze, que iba al oeste. Eligió, conforme a su plan, el asiento más delantero, para que no le vieran la cara. Quizá le confortó verificar, en el insípido trajín de las calles, que lo acaecido no había contaminado las cosas. Viajó por barrios decrecientes y opacos, viéndolos y olvidándolos en el acto, y se apeó en una de las bocacalles de Warnes. Pardójicamente su fatiga venía a ser una fuerza, pues la obligaba a concentrarse en los pormenores de la aventura y le ocultaba el fondo y el fin.
Aarón Loewenthal era, para todos, un hombre serio; para sus pocos íntimos, un avaro. Vivía en los altos de la fábrica, solo. Establecido en el desmantelado arrabal, temía a los ladrones; en el patio de la fábrica había un gran perro y en el cajón de su escritorio, nadie lo ignoraba, un revólver. Había llorado con decoro, el año anterior, la inesperada muerte de su mujer - ¡una Gauss, que le trajo una buena dote! -, pero el dinero era su verdadera pasión. Con íntimo bochorno se sabía menos apto para ganarlo que para conservarlo. Era muy religioso; creía tener con el Señor un pacto secreto, que lo eximía de obrar bien, a trueque de oraciones y devociones. Calvo, corpulento, enlutado, de quevedos ahumados y barba rubia, esperaba de pie, junto a la ventana, el informe confidencial de la obrera Zunz.
La vio empujar la verja (que él había entornado a propósito) y cruzar el patio sombrío. La vio hacer un pequeño rodeo cuando el perro atado ladró. Los labios de Emma se atareaban como los de quien reza en voz baja; cansados, repetían la sentencia que el señor Loewenthal oiría antes de morir.
Las cosas no ocurrieron como había previsto Emma Zunz. Desde la madrugada anterior, ella se había soñado muchas veces, dirigiendo el firme revólver, forzando al miserable a confesar la miserable culpa y exponiendo la intrépida estratagema que permitiría a la Justicia de Dios triunfar de la justicia humana. (No por temor, sino por ser un instrumento de la Justicia, ella no quería ser castigada.) Luego, un solo balazo en mitad del pecho rubricaría la suerte de Loewenthal. Pero las cosas no ocurrieron así.
Ante Aarón Loeiventhal, más que la urgencia de vengar a su padre, Emma sintió la de castigar el ultraje padecido por ello. No podía no matarlo, después de esa minuciosa deshonra. Tampoco tenía tiempo que perder en teatralerías. Sentada, tímida, pidió excusas a Loewenthal, invocó (a fuer de delatora) las obligaciones de la lealtad, pronunció algunos nombres, dio a entender otros y se cortó como si la venciera el temor. Logró que Loewenthal saliera a buscar una copa de agua. Cuando éste, incrédulo de tales aspavientos, pero indulgente, volvió del comedor, Emma ya había sacado del cajón el pesado revólver. Apretó el gatillo dos veces. El considerable cuerpo se desplomó como si los estampi-dos y el humo lo hubieran roto, el vaso de agua se rompió, la cara la miró con asombro y cólera, la boca de la cara la injurió en español y en ídisch. Las malas palabras no cejaban; Emma tuvo que hacer fuego otra vez. En el patio, el perro encadenado rompió a ladrar, y una efusión de brusca sangre manó de los labios obscenos y manchó la barba y la ropa. Emma inició la acusación que había preparado («He vengado a mi padre y no me podrán castigar...»), pero no la acabó, porque el señor Loewenthal ya había muerto. No supo nunca si alcanzó a comprender.
Los ladridos tirantes le recordaron que no podía, aún, descansar. Desordenó el diván, desabrochó el saco del cadáver, le quitó los quevedos salpicados y los dejó sobre el fichero. Luego tomó el teléfono y repitió lo que tantas veces repetiría, con esas y con otras palabras: Ha ocurrido una cosa que es increíble... El señor Loewenthal me hizo venir con el pretexto de la huelga... Abusó de mí, lo maté...
La historia era increíble, en efecto, pero se impuso a todos, porque sustancialmente era cierta. Verdadero era el tono de Emma Zunz, verdadero el pudor, verdadero el odio. Verdadero también era el ultraje que había padecido; sólo eran falsas las circunstancias, la hora y uno o dos nombres propios.
[1949]
* Buenos Aires, Argentina. 24 de agosto de 1899.
+ Ginebra, Suiza. 14 de junio de 1986.

sábado, 12 de enero de 2013


En mitad del camino había una piedra...
 [No meio do camino]


Carlos Drummond de Andrade (1902 - 1987) 
 
En mitad del camino había una piedra
había una piedra en la mitad del camino
había una piedra
en la mitad del camino había una piedra.

Nunca olvidaré la ocasión
nunca tanto tiempo 

           como mis ojos cansados permanezcan abiertos.

Nunca olvidaré que en la mitad del camino
había una piedra
había una piedra en la mitad del camino
en la mitad del camino había una piedra.

 
[Julio de 1928]

 [Versión de Rafael Díaz Borbón]

 Carlos Drummond de Andrade
* Itabira, Minas Gerais, Brasil. 31 de octubre de 1902 
+ Río de Janeiro, Brasil. 17 de agosto de 1987

viernes, 11 de enero de 2013

Canto General. Alturas de Macchu Picchu.

Pablo Neruda (1904 - 1973)


XII

 
Sube a nacer conmigo, hermano.

Dame la mano desde la profunda
zona de tu dolor diseminado.
No volverás del fondo de las rocas.
No volverás del tiempo subterráneo.
No volverá tu voz endurecida.
No volverán tus ojos taladrados. 


Mírame desde el fondo de la tierra,
labrador, tejedor, pastor callado:
domador de guanacos tutelares:
albañil del andamio desafiado:
aguador de las lágrimas andinas:
joyero de los dedos machacados:
agricultor temblando en la semilla:
alfarero en tu greda derramado:
traed a la copa de esta nueva vida
vuestros viejos dolores enterrados. 


Mostradme vuestra sangre y vuestro surco,
decidme: aquí fui castigado,
porque la joya no brilló o la tierra
no entregó a tiempo la piedra o el grano:
señaladme la piedra en que caísteis
y la madera en que os crucificaron,
encendedme los viejos pedernales,
las viejas lámparas, los látigos pegados
a través de los siglos en las llagas
y las hachas de brillo ensangrentado.
Yo vengo a hablar por vuestra boca muerta.

A través de la tierra juntad todos
los silenciosos labios derramados
y desde el fondo habladme toda esta larga noche
como si yo estuviera con vosotros anclado,
contadme todo, cadena a cadena,
eslabón a eslabón, y paso a paso,
afilad los cuchillos que guardasteis,
ponedlos en mi pecho y en mi mano,
como un río de rayos amarillos,
como un río de tigres enterrados,
y dejadme llorar, horas, días, años,
edades ciegas, siglos estelares.

Dadme el silencio, el agua, la esperanza.

Dadme la lucha, el hierro, los volcanes.
Apegadme los cuerpos como imanes.
Acudid a mis venas y a mi boca.
Hablad por mis palabras y mi sangre.


[1938 - 1950]


Pablo Neruda
* Parral, Chile. 12 de julio de 1904.
+ Santiago, Chile. 23 de setiembre de 1973.




En el principio era la cal.

Syria Poletti (1919 - 1991)

Dumesnil no tenía cementerio. Era un pueblo surgido de la cal como de la nada. Nacido a caballo de unas lomas, como si quisiera, de un momento a otro, sacudirse de encima la capa de cal y emprender viaje.

La dinamita había hendido las entrañas de los cerros formando enormes cavidades y las piedras rodaban envueltas en nubes de polvillo calcáreo. Largas caravanas de camiones fueron abriendo huellas entre las tunas y los espinillos. Y de repente comenzaron a emerger de la cal casitas de piedra y adobe. Los cardos, desplazados por un lado, treparon por otro, enhiestos e impertérritos. Aparecieron las primeras gallinas medio atolondradas. Los chivitos aprendieron a prestarse dócilmente a la nota pictórica. Y los inevitables chiquilines de grandes ojos comenzaron a revolcarse entre las piedras. El pueblo estaba echado.

Don Faustino, el constructor gringo que llevaba la palanca del progreso metida en su fuerte constitución sanguínea, le echó el ojo y construyó las primeras casas. Tras él llegó el almacenero, por supuesto, turco. Luego, unos franceses enriquecidos con las caleras, hicieron construir los primeros chalets con vista al río. Y el pueblo fue surgiendo, como por milagro, en torno de las canteras, al ritmo de las explosiones, disparándole a la cal, dispersándose y apretándose, urgido por un inconsciente afán de semejarse a los otros pueblos.

Así nació la necesidad de juntar hechos para la historia. Una historia intrascendente, claro está, ya que Dumesnil aún no tenía medios para rendir tributo a ningún muerto. Era un pueblo en gestación, con franco impulso de crecer y multiplicarse. Lo patentizaban los chicos que entre las tunas y los pozos de cal ya jugaban al fútbol. Y las muchachas que pasaban en bicicleta, o en motoneta, pedaleando ilusiones de ajuar tras la estela de galanteos.

Las chimeneas de los hornos de cal embellecían el panorama, o lo afeaban, según el gusto de cada consumidor de paisajes. Largas hileras de casas, sinuosas y desparejas, se fueron alineando por los caminos que llevaban a las canteras; serpentearon a orillas del río y se atrevieron en torno de la fresca municipalidad. Luego la cal se encargó de borrar diferencias de formas y colores, envolviéndolo todo con un tenue manto blancuzco.

Don Faustino, después de que construyó la comisaría, la escuela, el club y la confitería, anudó el mundo de la cal con el mundo grande de la provincia mediante una línea de ómnibus. Porque él, después de colocar piedra sobre piedra, y de amasarlas con cal, lo ponía todo en marcha con cadenas de ómnibus: ómnibus viejos, destartalados y repintones que realizaban el milagro de andar como empujados por su fuerza.

El cura de la parroquia de La Calera se empeñó en que la gente de Dumesnil construyera su iglesia. Y la capilla también surgió, en lo alto de la loma, blanca y aérea, con sabor a cal y a plegarias, donde rezar era como ir hacia Dios por un atajo nuevo, fresco de sombras.

Entonces, el pionero que había levantado el pueblo con proyecciones de centro industrial pensó en el cementerio. Y le pareció que ese declive, a mitad del camino a La Calera, un tanto alejado de los hornos, era el lugar más propicio para el reducto final de un pueblo nacido con tan dinámica desenvoltura. Un lugar ideal por lo estratégico, ya que hubiese podido recibir los muertos de los varios centros en formación que pululaban por los alrededores. Y como los deudos no podrían ir a visitar a sus queridos difuntos de a pie, bajo el sol y los nubarrones de cal, cargados de flores y pesadumbres, un servicio de ómnibus sería la solución y el negocio. Y otro signo de progreso.

¿Que el pueblo era reciente? ¡Hombre! La gente estaba tan adherida a esa tierra como las rocas. Los serranos se habían apegado a las canteras duros y empecinados como los cardos. Luego vinieron los camioneros, mecánicos, comerciantes... Y hasta llegaron “enfermos”, esos tuberculosos pobres, obligados a disparar de los pueblos cuya única industria era la de los “delicados”. Además, éstos llegaron a Dumesnil esperanzados y atraídos por la fama de que allí nadie había muerto. Y eso era como un ahuyentar a la mismísima muerte.

El verano echaba sobre Dumesnil pinceladas de modestos turistas. Entonces, en las canchas de tierra se improvisaban bailes y partidos de fútbol. En el bar, con terraza sobre el río, los camioneros, de puro alegres, probaban sus músculos en uno que otro jaleo. Eso, para dar al pueblo un matiz de violencia realista, como en el cine. Y había casorios. Casorios con sus correspondientes nacimientos. Y nacimientos sin los correspondientes casorios. Y accidentes de tránsito. Pero, en cuanto a morir..., nadie.

Hubiérase dicho que en el pueblo flotaba un acuerdo, tácito y colectivo, de aguantar en todo lo posible, de superar la fatalidad. Una apuesta contra la muerte. Por eso los de Dumesnil no querían un cementerio. Estaban orgullosos de no necesitarlo. Era como un reto, o un seguro contra lo ineludible. El primero en morirse —pensaban— se las arreglaría, como se las habían arreglado ellos. Inventaría algo. Sería un pionero. Y cuando los turistas se enteraban de que Dumesnil, a pesar de sus veinte años extrayendo cal, no contaba con ningún muerto, deducían: “Es porque no tienen cementerio”.

El rechoncho de don Faustino no pensaba lo mismo. Él decía: “Un pueblo progresista debe tener un cementerio propio. Es una cuestión de solidaridad, de civilización. En cualquier momento, un accidente en la ruta, una explosión y ...¡blum!... ¿Y después?”

Y pensaba con simpatía en don Pascual, viejo y paralítico, el padre del quintero. En doña Clorinda, abuela de todo el mundo. Ellos eran candidatos seguros para el estreno del cementerio. Y se preocupaba por los enfermos pobres, los que deambulaban su tos por entre los recovecos de las canteras. Con toda seguridad, ellos no podrían costearse el lujo de volver muertos a sus pueblos. Ahí estaba por ejemplo el riojano, con un solo pulmón macilento y fantasmal, dando vueltas por las calles resecas de cal, como si estuviera reclamando un cementerio humilde, decoroso. Esa gente imponía la construcción de un lugar de descanso. El cementerio era un deber social.

Don Faustino, que era presidente del club deportivo y aspiraba a ser intendente del pueblo, se dijo: "Para la primavera tendremos el cementerio". Y, como consecuencia lógica, se prometió: "Para el verano inauguraré la nueva línea de ómnibus".

Y una mañana de sol, el gringo, campera de cuero y nariz pomposa, subió en la chata, cruzó la loma, y fue a trazar los límites del recinto rodeándolo con un alambrado. Luego hizo levantar alrededor un blanco tapialito. Entonces pudo declarar: “Éste es el cementerio”.

La gente tomó el hecho a broma. Y mientras tanto, caballos y burros entraban a pastar en el recinto como Pancho por su casa. Y las gallinas a escarbar, no se sabe qué. Las protestas de don Faustino constituían el regocijo del pueblo. Los de Dumesnil no podían acostumbrarse a la idea de que ese lugar hospedaría a los muertos. Entonces el constructor advirtió que era necesario consagrar el terreno oficialmente. Y no se dio descanso hasta que la comuna prometió que en primavera el cementerio sería inaugurado. En primavera... Buena época, pensó don Faustino. Invitarían a autoridades y curas de Córdoba; al mismo gobernador o sus representantes. Y los periodistas y los fotógrafos... Le hubiese gustado contratar también una banda, pero se hacía cargo de que, a pesar suyo, eso no cuadraba con el significado de la ceremonia. En realidad, el problema principal era contar con un muerto. Por lo menos... ¡uno! ¡Y de Dumesnil!

El invierno fue crudo. Uno salía a la calle y oía toser a todo el mundo. Era cuestión de esperar. Y don Faustino era hombre de constancia. Sabía aguantar con tal de salir con la suya. Alguien debía morir.

Pasó el invierno, y ahí estaban, tozudos e invictos, don Pascual, doña Clorinda y el riojano. Y los chicos jugando otra vez entre los pozos de cal, descalzos, negros y revoltosos como avispas brasileñas, sin que las explosiones de dinamita alterasen para nada su integridad física.

Se acercó la fecha fijada para la inauguración del cementerio. Ningún muerto. Pero el constructor no era hombre de dejarse abrumar por las circunstancias. Había que contar con un muerto y basta.

Una mañana temprano don Faustino viajó a La Calera. Fue a hablar con el socio de una de sus tantas empresas de ómnibus. Y entre los dos, positivos y progresistas, lo concertaron todo. Para el día de la inauguración oficial, Dumesnil contaría con un muerto. Un muerto reciente y auténtico. Una red de amigos, todos colectiveros, se encargaría de controlar los enfermos pobres de las zonas próximas. Al primero que muriese y cuya familia no estuviese en condiciones de pagar un entierro decente, lo llevarían a Dumesnil con todos los honores del caso. Ya le encontrarían motivos para dedicarle un discurso. A cualquier deudo le hubiese gustado ver a su muerto honrado con una inauguración oficial. Una página memorable para el historial de cualquier familia. Como un reconocimiento póstumo, justiciero, inesperado.

Para ello, nada más fácil. Todos sabían que don Mariotti había amasado su fortuna llevando a los muertos en automóvil desde las sierras hasta los pueblos, en los que sus familiares les daban sepultura. Todos sabían que, para eludir impuestos, Mariotti colocaba el muerto a su lado, bien sentadito, con un cigarro en la boca, y así pasaba de largo, saludando cordialmente a las autoridades camineras. En cambio, los socios de don Faustino harían las cosas bien, sin trampas: traerían a Dumesnil un muerto recogido en cualquiera de los pueblos vecinos, y lo harían con el consentimiento familiar y con los papeles en orden. Y el entierro de honor correría a expensas de la comuna.

El día fijado para la inauguración apremiaba. Y Dumesnil, fiel a su tradición de pueblo como de paso, no permitió que nadie se muriese. Y en los pueblos vecinos, por puro espíritu de imitación, tampoco murió nadie.

Ante las circunstancias adversas, don Faustino echó mano a un recurso. Fue a La Calera, hizo desenterrar a un linyera muerto un mes antes, le compró un buen ataúd y lo hizo llevar a Dumesnil. Y con los papeles en orden.

Todo el mundo acudió a la inauguración como a una cita de honor o a una feria. ¡Por fin! Dumesnil inauguraba su cementerio, pero con un muerto prestado, ajeno. Un muerto artificial, digamos. El pueblo no desmentía su fama de hospitalario e inmortal. Pero eso era un mal principio para la futura línea de ómnibus.

La ceremonia logró desarrollarse en forma correcta, pese al buen humor que todos ocultaban bajo el convencionalismo. Claro que la inauguración hubiese sido más... histórica si el muerto hubiese sido de allí. Pero...

De repente, el clima casi solemne fue quebrado por la irrupción de una hilera de patos. Don Faustino se amoscó y gesticuló indignado. En cambio, todos los labios se apretaron para dominar la sonrisa. Porque si no hubiese sido por consideración a viejas tradiciones, todo el pueblo habría celebrado jubilosamente su buena suerte: la de inaugurar el cementerio propio con un muerto ajeno.

Al atardecer, don Faustino se marchó con su chata a La Calera. Debía ultimar las formalidades contraidas con la Municipalidad y la comisaría de La Calera, las que le habían cedido al protagonista de la jornada. Los amigos del constructor se reunieron en el “bar americano” para festejar el acontecimiento, tan insólito como auspicioso. En ese lugar, por fin, el gringo podía dar rienda suelta a su optimismo. Y empinar un poco el codo. Para el verano funcionaría una nueva línea de ómnibus.

Pasada la medianoche, don Faustino emprendió el viaje de regreso a Dumesnil. Saludó a los amigos y partió alegre, eufórico.

Aspiró con fruición el aire de esa noche de triunfo y, loma arriba, loma abajo, comenzó a silbar una vieja “canzonetta”. Hermoso país; sierras y ríos; país de progreso.

Al acercarse a Dumesnil, tomó el camino que orilla el cementerio. Sobre el telón de fondo de las sierras vio dibujarse el perfil de la Cruz, iluminando por la luna. Ese signo aéreo, que se destacaba en el silencio nocturno, daba al recinto un clima casi místico. Lo inundó una ola de emoción y de orgullo. Era un cementerio auténticamente hermoso: progresaría. Él había salido con la suya.

El pionero de Dumesnil se sintió satisfecho. Hasta le pareció oír el estrépito de las bocinas de los ómnibus de la nueva línea. Ese sonido marcaría un ritmo más vivaz, más dinámico, en la ruta de la cal.

De repente, junto al tapial del cementerio, donde el camino se empina hacia una curva cerrada, vio a un caballo que intentaba penetrar en el recinto. Sintió una irritación violenta y aceleró la marcha para espantar al animal. En esa fracción de instante, lo fulminó la aparición de un camión cargado de cal. Echó una maldición al caballo. Los faros lo encandilaron. Frenó en seco, estrepitosamente: el choque fue explosivo. La chata de don Faustino dio unas volteretas y fue a incrustarse contra las rocas, frente al portal del cementerio. El cuerpo del gringo fue arrojado hacia adentro.

Pocos minutos después, el caballo se acercó al hombre: lo husmeó. Luego, con pausada gravedad, se alejó del sagrado recinto.

El pueblo ya tenía historia.

 
* Pieve di Cadore, Italia. 10 de febrero de 1919
+ Buenos Aires, Argentina. 11 de abril de 1991



jueves, 10 de enero de 2013

Córdoba de las Campanas

Arturo Capdevila (1889 - 1967)


Eran unas dulces
claras notas finas.
Eran las campanas
de las Catalinas.

Eran un canto alado
como de promesa.
Eran las campanas
de Santa Teresa.

Eran una voz
diciendo un distinto.
Eran las campanas
de Santo Domingo.

Eran una voz mansa
llamando al aprisco.
Llamaban a misa
las de San Francisco.

Eran unas voces
de amor hecho sed.
A misa llamaban
las de la Merced.

Eran una voz llena
diciendo María.
Eran las campanas
de la Compañía.

Eran unas notas
de bronce y cristal.
Con altos acentos
ahuyentando el mal

O Gloria diciendo
con el claro metal.
¡Eran las campanas
de la Catedral!

Serán como risas
cuando rien dos,
repiques del Huerto
y del Niño Dios.

[1940]


* Córdoba, Argentina. 14 de marzo de 1889
+ Buenos Aires, Argentina. 20 de diciembre de 1967 


 

miércoles, 9 de enero de 2013

Hojas al viento...

La presente antología es mi compilación personal de textos seleccionados, de manera asistemática, entre las tantas páginas leídas. 

Considero que los textos pueden reproducirse de manera libre pero si en alguna de las publicaciones alguien considera que hay violación de los derechos de autor, le pido que me lo haga saber inmediatamente.

A disfrutar de la lectura!

Rio de Janeiro (Brasil), enero de 2013.