Pierre Theillard de Chardin
(1881-1955)
(1881-1955)
Himno del Universo
La Ofrenda
Ya que, una vez más, Señor, ahora ya no en los
bosques del Aisne, sino en las estepas de Asia, no tengo ni pan, ni vino, ni
altar, me elevaré por encima de los símbolos hasta la pura majestad de lo Real,
y te ofreceré, yo, que soy tu sacerdote, sobre el altar de la Tierra entera, el
trabajo y el dolor del Mundo.
El sol acaba de iluminar, allá lejos, la franja
extrema del horizonte. Una vez más, la superficie viviente de la Tierra se despierta,
se estremece y vuelve a iniciar su tremenda labor bajo la capa móvil de sus
fuegos. Yo colocaré sobre mi patena, oh, Dios mío, la inesperada cosecha de
este nuevo esfuerzo. Derramaré en mi cáliz la savia de todos los frutos que
serán molidos hoy.
Mi cáliz y mi patena son las profundidades de un
alma ampliamente abierta a todas las fuerzas que, en un instante, van a
elevarse desde todos los puntos del Globo y a converger hacia el Espíritu. ¡Qué
vengan, pues, a mí el recuerdo y la mística presencia de aquellos a quienes la
luz despierta para un nuevo día!
Señor, voy viendo y los voy amando, uno a uno, a
aquellos a quienes tú me has dado como sostén y como encanto naturales de mi
existencia. También uno a uno voy contando los miembros de esa otra tan querida
familia que han ido juntando poco a poco en torno a mí, a partir de los
elementos más dispares, las afinidades del corazón, de la investigación
científica y del pensamiento. Más confusamente, pero a todos sin excepción, evoco
a aquellos cuya multitud anónima constituye la masa innumerable de los
vivientes; a aquellos que me rodean y me soportan sin que yo los conozca; a los
que viven y los que se van; a aquellos, sobre todo, que, en la verdad o a
través del error, en su despacho, en su laboratorio o en su fábrica creen en el
progreso de las Cosas y persiguen apasionadamente hoy en día la luz.
Quiero que en este momento mi ser resuene acorde
con el profundo murmullo de esa multitud agitada, confusa o diferenciada, cuya inmensidad
nos sobrecoge; de ese Océano humano cuyas lentas y monótonas oscilaciones
introducen la turbación en los corazones más creyentes. Todo lo que va a
aumentar en el Mundo, en el transcurso de este día, todo lo que va a disminuir —todo
lo que va a morir, también—, he aquí, Señor, lo que trato de concentrar en mí
para ofrecértelo; he aquí la materia de mi sacrificio, el único sacrificio que
a Ti te gusta.
Antiguamente se depositaban en tu templo las
primicias de las cosechas y la flor de los rebaños. La ofrenda que realmente
estás esperando, aquella de que tienes misteriosamente necesidad todos los días
para saciar tu hambre, para calmar tu sed, es nada menos que el acrecentamiento del Mundo arrastrado por el
universal devenir.
Recibe, Señor, esta Hostia total que la Creación.
atraída por tus gracias, te presenta en esta nueva aurora. Sé perfectamente que
este pan, nuestro esfuerzo, no es en sí mismo más que una desagregación
inmensa. Este vino, nuestro dolor, no es todavía, ¡ay!, más que un brebaje disolvente.
Mas Tú has puesto en el fondo de esta masa informe —estoy seguro de ello,
porque lo siento—un irresistible y santificante deseo que nos hace gritar a todos,
desde el impío hasta el fiel: «Señor, ¡haz de nosotros un solo individuo!
Porque a falta del celo espiritual y de la sublime
pureza de tus Santos, Tú me has dado, Dios mío, una simpatía irresistible por
todo lo que se mueve en la materia oscura—porque, irresistiblemente, reconozco
en mí más que a un hijo del Cielo a un hijo de la Tierra—, subiré esta mañana,
con mi pensamiento, a los lugares altos, cargado con las esperanzas y las
miserias de mi madre, y allí—fuerte, con un sacerdocio que sólo Tú has podido darme,
estoy seguro—invocaré al Fuego sobre todo lo que, en la Carne humana, está
pronto para nacer o para perecer bajo el sol caliente.
* Orcines, Puy-de-Dôme, Auvernia, Francia. 1 de mayo de 1881.
+ New York, NY, Estados Unidos. 10 de abril de 1955.
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