Hermann Hesse (1877 - 1962)
El rey Yu
La historia de la antigua China ofrece escasos ejemplos
de monarcas y estadistas que fuesen derrocados a causa de haber caído bajo la
influencia de una mujer y de un enamoramiento. Uno de estos raros ejemplos -y
uno muy notable- es el del rey Yu de Tchou y su mujer Bau Si.
El país de Tchou lindaba por el oeste con los
territorios de los bárbaros mongoles, y la sede de su Corte, Fong, se encontraba
en medio de una región poco segura, que de vez en cuando se veía expuesta a los
asaltos y saqueos de aquellas tribus bárbaras. Por ello fue preciso ocuparse de
reforzar al máximo las fortificaciones fronterizas y, sobre todo, de proteger
mejor la Corte.
Los libros de historia nos dicen que el rey Yu, el cual
no era un mal estadista y sabía prestar atención a los buenos consejos, supo
compensar las desventajas de su frontera adoptando inteligentes medidas, pero
que todas estas inteligentes y meritorias obras quedaron destruidas por los
caprichos de una bonita mujer.
En efecto, con ayuda de todos sus príncipes vasallos,
el rey estableció en la frontera occidental una línea de defensa, línea de
defensa que, como todas las creaciones políticas, presentaba un doble carácter,
a saber: moral, por una parte, y mecánico, por otra. El fundamento moral del
tratado era el juramento y la fidelidad de los príncipes y sus oficiales, cada
uno de los cuales se comprometía a acudir con sus soldados a la Corte a socorrer
al rey a la primera señal de alarma. A su vez, el principio mecánico, del cual
se ocupaba el rey, consistía en un bien pensado sistema de torres, que hizo
construir en su frontera occidental. En cada una de estas torres debía montarse
guardia día y noche; las torres estaban provistas de tambores muy potentes. En
caso de una invasión enemiga por cualquier punto de la frontera, la torre más
próxima redoblaría su tambor; de torre en torre esta señal recorrería todo el
país en un tiempo mínimo.
Este inteligente y loable dispositivo ocupó largo
tiempo al rey Yu, quien tuvo que celebrar conferencias con sus príncipes,
considerar los informes de los arquitectos, organizar la instrucción del
servicio de guardia. Ahora bien, el rey tenía una favorita llamada Bau Si, una
mujer hermosa que supo hacerse con una influencia sobre el corazón y los
sentidos del rey, mayor de lo que puede convenir a un monarca y a su reino. Al
igual que su señor, Bau Si seguía con curiosidad e interés los trabajos que se
realizaban en la frontera, del mismo modo que una niña vivaracha e inteligente
contempla, de vez en cuando, con admiración y envidia los juegos de los
muchachos. Para que lo comprendiese todo perfectamente, uno de los arquitectos
le había construido un delicado modelo -de arcilla pintada y cocida- de la línea
de defensa; este modelo representaba la frontera y el sistema de torres, y en
cada una de las graciosas torrecillas había un guardia de arcilla infinitamente
pequeño y que en vez de tambor llevaba colgada una diminuta campanilla. Este
bonito juguete constituía el pasatiempo favorito de la mujer del rey, y cuando
alguna vez estaba de malhumor, sus doncellas solían proponerle jugar al «ataque
bárbaro».
Entonces colocaban todas las torrecillas, hacían tañer
las campanillas enanas, y así disfrutaban y se entretenían mucho.
El día astrológicamente favorable en que, concluidas al
fin las obras, instalados los tambores y preparado el servicio de guardia, se
puso a prueba, previo acuerdo, la nueva línea de defensa, fue una ocasión
gloriosa para el rey. Orgulloso de su realización, se mostraba muy impaciente;
los cortesanos esperaban para darle sus parabienes, pero la más ansiosa y
excitada era la hermosa mujer Bau Si, la cual casi no podía esperar que
concluyesen todas las ceremonias y rogaciones previas.
Por fin llegó la hora señalada, y por primera vez
comenzó a desarrollarse en gran escala y de verdad el juego de las torres y los
tambores que tan a menudo había hecho pasar un buen rato a la mujer del rey.
Ésta apenas podía contener sus ansias de comenzar a intervenir en el juego y a
dar órdenes, tan grande era su alegre excitación. El rey le lanzó una grave
mirada, y con esto se controló. Había llegado el momento; ahora jugarían al
«ataque bárbaro» en grande y con torres de verdad, con hombres y tambores de
verdad, para ver cómo resultaba todo. El rey dio la señal, el mayordomo mayor
transmitió la orden al capitán de la caballería, éste trotó hasta la primera
torre y dio orden de redoblar el tambor. El redoble retumbó potente y profundo,
su sonido alcanzó todos los oídos, festivo y profundamente conmovedor. Bau Si se
había puesto pálida de emoción y comenzó a temblar. El gran tambor de batalla
redoblaba con fuerza su basto ritmo estremecedor, un canto lleno de presagios y
amenazas, lleno de lo venidero, de guerra y miseria, de miedo y derrota. Todos
lo escuchaban con profundo respeto. Cuando el sonido comenzaba a extinguirse, de
la torre siguiente salió la réplica, lejana y débil, la cual se fue perdiendo
rápidamente, y después no se oyó nada más, y al cabo de unos instantes se rompió
el festivo silencio, la gente volvió a alzar la voz, se pusieron en pie y
comenzaron a charlar.
Entretanto, el profundo y atronador redoble fue pasando
de la segunda a la tercera y a la décima y a la trigésima torre, y cuando se
dejaba oír, todos los soldados de esa zona tenían estrictas órdenes de
presentarse de inmediato en el lugar convenido, armados y con la bolsa de
provisiones llena; todos los capitanes y coroneles debían prepararse para la
marcha sin pérdida de tiempo y apresurarse al máximo; también debían enviar
ciertas órdenes preestablecidas al interior del país. Dondequiera que se oía el
redoble del tambor se interrumpían el trabajo y las comidas, los juegos y el
sueño, se empaquetaba, se ensillaba, se recogía, se emprendía la marcha a pie y
a caballo. En breve espacio de tiempo, de todos los distritos de los alrededores
salían tropas presurosas con destino a la Corte de Fong.
En Fong, en el patio de palacio, se había relajado
pronto la profunda emoción e interés que se habían apoderado de todos los ánimos
al redoblar el terrible tambor. La gente paseaba por el jardín de la Corte
charlando animadamente, toda la ciudad estaba de fiesta, y cuando, transcurridas
menos de tres horas, comenzaron a aproximarse ya cabalgatas pequeñas y más
grandes, procedentes de dos direcciones, y luego, de hora en hora, fueron
llegando más y más -lo cual duró todo ese día y los dos siguientes-, el rey, sus
cortesanos y sus oficiales fueron presa de un creciente entusiasmo.
El rey se vio colmado de agasajos y congratulaciones,
los arquitectos fueron invitados a un banquete y el tambor de la primera torre,
el que había dado el primer redoble, fue coronado por el pueblo, paseado en
andas por las calles y obsequiado por todos.
La mujer del rey, Bau Si, estaba absolutamente
entusiasmada y como embriagada. Su juego de torrecitas y campanillas se había
hecho realidad de forma mucho más espléndida de lo que nunca hubiese podido
imaginar. Por arte de magia, la orden había desaparecido en el solitario país,
envuelta en la amplia onda sonora del redoble del tambor; y su resultado llegaba
ahora, vivo, real, como un eco de lontananza, el emocionante bramido de ese
tambor había producido un ejército, un ejército de cientos y miles de hombres
bien armados que iban llegando por el horizonte, a pie y a caballo, en continuo
flujo, en continuo y rápido avance: arqueros, caballería ligera y pesada,
lanceros, iban llenando gradualmente, con creciente barullo, todo el espacio
disponible alrededor de la ciudad, donde eran acogidos y se les indicaban sus
posiciones, donde eran aclamados y obsequiados, donde acampaban, levantaban
tiendas y encendían fogatas. Esto continuó día y noche; como duendes de fábula
surgían de la tierra gris, lejanos, diminutos, envueltos en nubes de polvo, para
finalmente formar filas, hechos sobrecogedora realidad, bajo las miradas de la
Corte y de la embelesada Bau Si.
El rey Yu estaba muy satisfecho, y en particular le
complacía el arrobamiento de su favorita; llena de felicidad, resplandecía como
una flor y el rey nunca la había visto tan bella. Pero las festividades duran
poco. También esta gran fiesta se extinguió y dio paso a la vida de todos los
días: dejaron de ocurrir maravillas, no se hicieron realidad nuevos sueños de
fábula. Esto resulta insoportable a las personas desocupadas y veleidosas.
Pasadas unas semanas de la fiesta, Bau Si volvió a perder todo su buen humor. El
pequeño juego con las torrecillas de arcilla y las campanillas colgadas de un
hilo resultaba tan insulso ahora, después de haber probado el gran juego. ¡Oh,
cuán embriagador había resultado éste! Y todo estaba allí dispuesto, listo para
repetir el sublime juego: allí estaban las torres y colgaban los tambores, allí
montaban guardia los soldados y permanecían alerta los tambores en sus
uniformes, todo estaba a la expectativa, pendiente de la gran orden, ¡y todo
permanecía muerto e inservible en tanto no llegase esa orden!
Bau Si perdió la sonrisa, desapareció su aspecto
resplandeciente; el rey contemplaba preocupado a su compañera preferida, privado
de su consuelo nocturno. Tuvo que incrementar al máximo sus presentes, con tal
de poder sacarle una sonrisa. Había llegado el momento de comprender la
situación y sacrificar al deber la pequeña y dulce preciosidad. Pero Yu era
débil. Que Bau Si recuperase la alegría, le parecía lo principal.
Así, sucumbió a la tentación que le preparaba la mujer
poco a poco, y ofreciendo resistencia, pero sucumbió. Bau Si le arrastró tan
lejos, que llegó a olvidar sus deberes. Cediendo a las súplicas mil veces
repetidas, satisfizo el único gran deseo de su corazón: accedió a dar la señal a
la guardia fronteriza, como si se avecinase el enemigo. En el acto resonó el
profundo, conmovedor redoble del tambor de guerra. Esta vez, al rey le pareció
un sonido terrible, y también Bau Si se asustó al oírlo. Mas luego se fue
repitiendo todo el delicioso juego: en el horizonte se alzaron las pequeñas
nubes de polvo, las tropas fueron llegando, a pie y a caballo, durante tres días
seguidos, los generales hicieron reverencias, los soldados montaron sus tiendas.
Bau Si estaba encantada, su rostro resplandecía. Pero el rey Yu pasó momentos
difíciles. Se veía obligado a reconocer que no lo había atacado ningún enemigo,
que todo estaba en calma. Conque intentó justificar la falsa alarma diciendo que
se trataba de un provechoso ejercicio. Nadie se lo discutió, todos se inclinaron
y lo aceptaron. Pero los oficiales comenzaron a rumorear que habían sido
víctimas de una desleal travesura del rey; éste había alarmado a toda la
frontera y los habla movilizado a todos, miles de hombres, con el mero objeto de
complacer a su favorita. Y la mayor parte de los oficiales estuvieron de acuerdo
en no volver a responder en el futuro a una orden de este tipo. Entretanto, el
rey se esforzaba por levantar los ánimos de las disgustadas tropas con
espléndidos obsequios. Bau Si había conseguido lo que quería.
Pero cuando comenzaba a retornar su malhumor y empezaba
a sentirse nuevamente deseosa de repetir el insensato juego, ambos recibieron su
castigo. Tal vez por casualidad, tal vez porque les habían llegado noticias de
esos acontecimientos, un buen día los bárbaros cruzaron inesperadamente la
frontera en grandes bandadas de jinetes. Las torres dieron su señal sin
tardanza, el redoble lanzó su imperiosa exhortación y se fue difundiendo hasta
el último recodo. Pero el exquisito juguete, con su mecánica tan admirable,
parecía haberse roto: los tambores ya podían sonar, pero nada tañía en los
corazones de los soldados y oficiales del país. Éstos no respondieron al tambor.
Y el rey y Bau Si otearon en vano en todas direcciones; por ningún lado se
levantaba la polvareda, en ninguna dirección se veían acercar caracoleantes las
pequeñas cabalgatas grises, nadie acudió en su ayuda.
El rey salió presuroso al encuentro de los bárbaros con
las escasas tropas que tenía a mano. Pero el enemigo era numeroso; derrotó a las
tropas, tomó la Corte de Fong, destruyó el palacio, derribó las torres. El rey
Yu perdió el reino y la vida, y otro tanto le ocurrió a su favorita Bau Si, de
cuya perniciosa sonrisa aún siguen hablando los libros de historia.
Fong fue destruida, la cosa iba en serio. Éste fue el
fin del juego de los tambores y del rey Yu y la sonriente Bau Si. El sucesor de
Yu, el rey Ping, no tuvo más remedio que abandonar Fong y trasladar la Corte más
hacia Oriente; se vio obligado a comprar la futura seguridad de sus dominios por
medio de pactos con monarcas vecinos y la cesión a éstos de grandes extensiones
de territorio.
Hermann Hesse
* Calw, Baden-Wurtemberg, Alemania. 2 de julio de 1877
+ Montagnola, Cantón del Tesino, Suiza. 9 de agosto de 1962
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